Lo sentimos y lo vemos, el espacio nos habla de nosotros mismos, y no podemos hacer más que poner curitas. Limpiamos, ventilamos, entrenamos, encendemos las luces, ponemos música, colgamos las obras en internet, mandamos o nos mandan fotos de alguna presentación, recibimos y enviamos mensajes cariñosos de admiración, nos quejamos o damos ánimos a otros dolientes, participamos en eventos virtuales como náufragos  que se saludan desde lejos imposibilitados de alcanzarse. Pero la realidad es que el polvo lo cubre todo, el comején, la humedad, la distancia física y social, la frustración, son ahora los habitantes principales de nuestro cuerpo-espacio.

 

No hay encuentro, no hay voces, no hay experiencia compartida, no hay abrazos después de la presentación, no hay comidas en grupo, no hay expresión liberadora, no hay protesta.

 

Lloramos barriendo los cientos de miles de minúsculas alas que cubren todo el escenario, y miramos cómo detrás nuestro vuelve a  tapizarse el suelo de estas alitas mínimas, interminables, como un virus. Algunas imágenes son absolutamente insoportables.

Es tan simbólico todo lo que impone esta pandemia que nos empuja como una masa oscura y perversa a la soledad, a limbos de placebos a los que nos aferramos conscientes de su fracaso esencial, al extremo contrario del banquete de la reunión, obligándonos a aceptar por el momento chicharrones de viento como única opción de alimento. Comida de bobos.

Pero bobos listos, que nos sostenemos en la certeza del amor y la necesidad de volver a habitar el espacio del encuentro sagrado e irremplazable que el teatro propicia.

 

Resistiendo en los resquicios de la contracorriente hasta que la luz en el escenario, y en la vida, vuelva a encenderse para todos.

Es el tiempo de sostener los vientos de la carpa, con la soga abriéndonos las manos, los pies afincados en la arena y los cuerpos apretados unos con otros haciendo contrapeso al vendaval, el tiempo de proteger amorosamente el alambre del funambulista contra nuestro pecho.

Convencidos hoy con mas fuerza del poder ritual y sanador del teatro.  Como en los santuarios de Asclepio, dios griego de la Medicina, donde la asistencia obligada al teatro formaba parte de los tratamientos que permitían a los espectadores-pacientes la cura a través del éxtasis y la catarsis como primera posibilidad para la liberación de los males del cuerpo y el alma, antes que las hierbas, las serpientes o el bisturí.

 

 

Nelda Castillo y Mariela Brito

El Ciervo Encantado, Cuba.

2020

Entramos todos los días con la linterna del móvil a encender la sala, y la visión de la instalación de Zona de Silencio, nuestra más reciente pieza, estrenada el 6 de marzo y cancelada el 10, nos sobrecoge y sorprende cada vez, como su título y alambrada premonitorios.

Se estruja el pecho, y el celular tiembla en la mano con su lucecita mínima, individual.

¿Qué nos queda, cuál es el remanente de lo real aquí y ahora?. ¿Realizar ejercicios de entrenamiento para mantener cierto nivel de cordura?. ¿Limpiar?. ¿Esperar?.

No es posible el encuentro, no es posible el contacto, no es posible el ritual de sacrificio de performers y espectadores participantes. No hay cuerpos, no hay intercambio, no hay riesgo, no hay sanación. Faltan los presentes para el ritual sobreviviente que nada sustituye.

 

Hay pocas cosas tan tristes como un teatro cerrado, su cuerpo es nuestro cuerpo, y nos llenamos de argumentos haciéndonos creer que estamos bien, que seguimos vivos de otras maneras, reinventándonos para permanecer.

OBRAS

NOVIEMBRE

21

24

28

25

26

27

23

22

ACTIVIDADES PARALELAS

CLASES

MAGISTRALES

CONVERSATORIO

27

19

23

20

25

Email: zonaescena.ec@gmail.com